Mirando más allá

Por Martes, 15, noviembre, 2016 0 No tags Permalink 1

A principios de este mes los niños, y cada vez más gente joven, han celebrado la fiesta importada del Halloween, y los cementerios se han llenado de centros de flores para honrar a nuestros difuntos.

Es verdad que no podemos reducir nuestro amor a la madre a un día concreto, ni ser generosos con los demás, solo en la época natalicia, o recordar a nuestros seres queridos únicamente en los inicios de noviembre; El amor ha de permanecer siempre en nuestras vidas.

Pero a la vez, es una realidad que los seres humanos somos olvidadizos y tendemos a vivir nuestro día a día inmersos en la vorágine del trabajo o de los compromisos familiares y sociales, y por ello, necesitamos símbolos o momentos para el recuerdo, de temas concretos, que nos hagan salir de la rutina cotidiana y levantar la mirada hacia otros asuntos no urgentes pero si importantes.

Dedicar nuestra atención al más allá, a la vida después de la muerte, no es tema baladí. Todos tenemos un tiempo precioso que vivir y disfrutar en el presente, pero ese tiempo es único e irrepetible y no lo podemos desperdiciar.

Respeto profundamente las distintas creencias acerca de que lo ocurre después de nuestro aparente final terreno, pero personalmente creo profundamente en la inmortalidad del alma o espíritu y que de alguna manera obtendremos, tras el tránsito, un premio o castigo según haya sido nuestro propio actuar.

Hace unos días terminé de leer un libro sorprendente de Eva Garcia Saénz de Urturi llamado La saga de los longevos donde aparecen varios personajes que no es que sean inmortales, sino longevos, es decir que no envejecen y por tanto han sobrevivido a miles de años. Estos viven sus dramas particulares cuando crean familias y tienen que desaparecer tras un tiempo razonable para que nadie sospeche de su eterna juventud. Al final, ellos no mueren aparentemente pero si han de desprenderse de sus entornos laborales y familiares y rehacer su vida una y otra vez.

Estos personajes de ficción me han hecho pensar mucho acerca de que, mal que nos pese, todo es mucho más sencillo cuando sabemos que hay un tiempo y este es limitado. Todo lo hermoso e intenso lo es porque, en parte, se puede perder. Me gusta trabajar porque tengo vacaciones o descanso, si al final viviera una vida de esclavitud, ese trabajo sería insoportable; y al contrario, disfruto del tiempo libre si tengo otras ocupaciones laborales, pues si estuviera en el paro o sin ningún proyecto laboral, ese descanso se convertiría en un sinsentido.

Pienso que en realidad, la vida es perfecta, con todas las limitaciones y dificultades que nos toque vivir a cada uno, precisamente porque hay día y noche, descanso y trabajo, veranos e inviernos. Si hemos visto la película de El día de la marmota, concluimos que un día igual a otro, hasta el infinito, es una tortura.
Es verdad que uno habitualmente disfruta del sol, o de las vacaciones más que de los días grises o de un jefe cargante, pero al final, todo tiene valor porque se puede perder y precisamente, es la ausencia de ese bien lo que nos hace apreciarlo.
Solo cuando caigo enfermo me doy cuenta de la maravilla que es tener salud; solo cuando me cuesta pagar las cuentas, aprecio tener una vida mínimamente holgada económicamente; es al perder a un ser querido cuando, de verdad, soy consciente cuanto lo amaba y necesitaba.
Por ello, no esperemos a perder las cosas para apreciarlas y agradecerlas. Todo en esta vida es un don: la salud, el trabajo, la familia, los amigos, la naturaleza que nos rodeay, sin embargo, nos acostumbramos a tenerlos y pensamos que todo nos es debido, cuando en realidad, todo se nos ha dado como un regalo que debemos valorar y apreciar.

Creo que la vida es hermosa precisamente porque se puede acabar; es su finitud la que la hace grandiosa, intensa, única.

Cuentan las leyendas y los mitos que el hombre desde antiguo ha buscado la inmortalidad, la fuente de la eterna juventud, y es indudable que la ciencia y la medicina han mejorado nuestra calidad de vida y nos ha hecho mucho más longevos. Hace pocos siglos, la edad media eran cuarenta años y ahora son setenta y, tal vez en un siglo, sean cien años. Estoy a favor de la mejora de la cantidad de vida, pero sobre todo, lo que interesa es la calidad de la misma: ¿cómo vivo los muchos o los pocos años que me toque vivir? y tal vez, ¿un instante de suma felicidad no supere años de continua insatisfacción? ,

Es por ello que creo que no hay vidas cortas o largas, ni podemos obsesionarnos porque la existencia humana sea lo más longeva posible, ni debemos tener miedo a que esta llegue a su fin. Lo he dicho más de una vez: lo difícil no es morir, sino vivir. Porque al final uno muere como vive; por eso procuremos vivir bien, intensamente y de modo correcto, así cuando llegue el final no será una tragedia ni un salto al vacío, sino un paso hasta esa tan esperada y deseada inmortalidad.

No Comments Yet.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *