La escuela de las dificultades I: La Resiliencia

La vida, como ya he comentado en otras ocasiones, tiene sus estaciones, tal como se viven en la naturaleza; no de un modo tan rígido como en ella, sino que éstas se van sucediendo a lo largo de nuestra existencia.

Algunos han querido asimilar la juventud a la primavera y la vejez al invierno; sin embargo, soy de la opinión que la realidad es mucho más rica y a la vez más compleja; podemos vivir otoños en nuestra infancia y veranos maravillosos en nuestra madurez.

La felicidad y la sensación de plenitud personal es un entresijo de las circunstancias que nos rodean, pero, ante todo, de la actitud que tenemos ante ellas. Todos hemos tenido la experiencia de sentirnos contentos por nada o, tal vez, agobiados por cualquier cosa.

Nuestra paz o sosiego interior depende, en parte, de la magnitud de nuestras dificultades, pero, sin lugar a dudas, se relaciona con nuestra capacidad interior, nuestra fortaleza o debilidad para enfrentarnos a ellas.

Hay momentos vitales donde nos sentimos fuertes y pletóricos, y otros en los que sentimos, más especialmente, nuestra indigencia emocional o psicológica. Y es en esas circunstancias donde nos hacemos más grandes, más fuertes y sobre todo más humanos y comprensivos con las miserias personales y ajenas.

En este verano, mi marido y yo hemos hecho una auténtica inmersión rural en un pueblo del interior de la montaña de la provincia de Pontevedra, donde mis suegros tenían la casa familiar. Hemos vuelto a encontrarnos con el calor humano de las vecinas que te traen huevos o tomates y de los vecinos que pasan a saludar, sin desdeñar mi vecindario actual donde vivimos estupendamente.

Allí he conocido a una mujer que padece un cáncer y que está sometida a un tratamiento quincenal que le deja hecha polvo; sin embargo, estar con ella es siempre estimulante y edificante. No es que sea invulnerable al dolor, ni que no se sienta a veces cansada o desanimada, pero Rosita siempre luce una sonrisa, te acoge en esa casa que ha rehabilitado con tanto gusto, y junto a la ya bienvenida chimenea encendida, en este otoño que ha llegado, te cuenta historias mientras hace sus labores de ganchillo para entretenerse y no dejarse abatir.

Estar con ella compartiendo las tardes de los sábados me ha hecho reflexionar de nuevo acerca del valor de las dificultades y nuestra capacidad de vivir la resiliencia, sobre la que hable en mi libro: Volver a Empezar.

La resiliencia, palabra de origen latino, significa «rebotar, saltar para atrás». Sus primeras aplicaciones tuvieron lugar en la mecánica de los materiales para definir la recuperación de estos tras ser sometidos a un esfuerzo o impacto. Después la psicología la ha incorporado como la capacidad de los seres humanos que han experimentado cierta adversidad para superarla e incluso para salir fortalecidos de esa situación.
Para entenderla bien aconsejo leer Levantarse y luchar, de mi querida amiga la psiquiatra Rafaela Santos, que explica, a través de distintos testimonios de personas resilientes y de su experiencia profesional, la importancia de este concepto que, aunque desconocido para el gran público, en los próximos años se hará habitual, pues tiene gran importancia en los tiempos actuales. Así pues, para mí, la resiliencia se ha convertido en un concepto-talismán que mide nuestra capacidad de superar los traumas del pasado, de curar las heridas que podrían derivar de estos, de afrontar las adversidades del presente para encarar con ilusión y optimismo el futuro.

Lo significativo no son solo los hechos en sí, sino el efecto que estos producen en nosotros. Ante las mismas circunstancias, dos personas pueden reaccionar de manera totalmente contraria, debido a su sensibilidad, a su actitud resiliente, de tal manera que una quede traumatizada y quebrada de por vida, mientras que otra resulte fortalecida y animada a seguir avanzando.
Uno de los estudiosos de la resiliencia ha sido Boris Cyrulnik, quien en su libro Los patitos feos narra un cuento que puede ayudarnos a entender la importancia de la resiliencia:

Había una vez dos ranas que cayeron en un cuenco de crema. Inmediatamente, sintieron que se hundían. Al principio, las dos patalearon en el líquido para intentar llegar al borde del recipiente, pero todo parecía inútil. Una de ellas pensó: «No puedo más. Es imposible salir de aquí. Ya que voy a morir, no veo para qué prolongar este dolor. ¿Qué sentido tiene morir agotada por un es- fuerzo estéril?». Dicho esto, dejó de patalear y se hundió con rapidez. La otra rana se dijo: «Nada se puede hacer para subir. Sin embargo, ya que la muerte me va a llegar, prefiero que me encuentre luchando y en movimiento». Y siguió pataleando y chapoteando en donde estaba. De pronto, de tanto patalear, la crema se transformó en manteca y la rana, al dar un salto, consiguió salir del cuenco. Al llegar a la mesa, siguió saltando hasta salir de la casa y volver a su charca. Al poco tiempo, llegó la cocinera y encontró el cuenco volcado, con la manteca hecha y dentro una rana muerta, y se preguntó qué habría pasado.

Por tanto, no son las circunstancias las que condicionan nuestro presente, sino la actitud que hayamos tenido ante ellas. ¿Y qué ocurre cuando ese pasado ha sido traumático, humillante, desolador? ¿Es posible que pueda volver a crecer algo sobre un terreno quemado? Para dar contestación a estas preguntas, me remito al testimonio de Tim Guénard.

Leer su libro Más fuerte que el odio o escuchar algunas de sus conferencias es sobrecogedor: su madre lo abandonó a los tres años; su padre lo golpeaba de forma tan brutal a los cinco que tuvo que permanecer ingresado en un hospital casi tres años. De ahí, fue a parar a un orfanato del que huyó para vivir en la calle. A los quince años, lo violaron y se dedicó a la prostitución y al boxeo. Estuvo internado repetidamente en varios reformatorios. Su única fuerza era el odio que lo impulsaba a sobrevivir para conseguir vengarse de su padre. Un día conoció a un vagabundo con el que aprendió a leer y se hizo amigo de un chico que se dedicaba a ayudar a discapacitados los fines de semana. Y así comenzó el inicio de la salida del túnel. Una jueza fue la primera persona que le sonrió y le dio una oportunidad, y él decidió por ella sacarse un título de jefe de obra. A partir de ese momento, su trabajo, varias manos amigas y el encuentro con la fe le permitieron reconstruir su vida. Hoy en día está felizmente casado, tiene cuatro hijos, ya es abuelo y vive en Lourdes, donde acoge en su casa a gente necesitada y transmite su experiencia por todo el mundo. El mismo nos lo dice:

El hombre es libre de alterar plenamente su destino, para lo mejor y lo peor. Yo, Tim Guénard, hijo de alcohólico, niño abandonado, he hecho errar el golpe a la fatalidad, he hecho mentir a la genética. Este es mi orgullo.

Pensemos entonces en nuestra actitud ante las dificultades que vivimos y trabajemos en mejorar nuestra capacidad de resiliencia. Vale la pena no rompernos ni desesperarnos, sino mirar con esperanza nuestro presente, construyendo así nuestro futuro.

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