Trabajando el Amor

Seguimos en este segundo post comentando algunos de los puntos que más me han gustado de la última exhortación apostólica del Papa Francisco: Amoris Laetitia, la alegría del amor, en la que en el capítulo IV desglosa el hermoso Cántico del Amor de S. Pablo (1, Co 13 4-7).

Amabilidad: “Quiere indicar que el amor no obra con rudeza, no actúa de modo descortés, no es duro en el trato. Sus modos, sus palabras, sus gestos, son agradables y no ásperos ni rígidos. Detesta hacer sufrir a los demás. La cortesía «es una escuela de sensibilidad y desinterés», que exige a la persona « cultivar su mente y sus sentidos, aprender a sentir, hablar y, en ciertos momentos, a callar (..) Esto no es posible cuando reina un pesimismo que destaca defectos y errores ajenos, quizás para compensar los propios complejos. Una mirada amable permite que no nos detengamos tanto en sus límites, y así podamos tolerarlo y unirnos en un proyecto común, aunque seamos diferentes. El amor amable genera vínculos, cultiva lazos, crea nuevas redes de integración, construye una trama social firme. Así se protege a sí mismo, ya que sin sentido de pertenencia no se puede sostener una entrega por los demás, cada uno termina buscando sólo su conveniencia y la convivencia se torna imposible. Una persona antisocial cree que los demás existen para satisfacer sus necesidades, y que cuando lo hacen sólo cumplen con su deber. Por lo tanto, no hay lugar para la amabilidad del amor y su lenguaje. El que ama es capaz de decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan”. (A.L p 99)

¡Que importante es una sonrisa, una palabra amable, un gesto de complicidad! Yo personalmente tengo que mejorar mucho en este punto, pues tengo un carácter muy fuerte y a veces, sin pretenderlo, puedo no ser amable. Eso es lo que llamamos asertividad, defender los derechos propios respetando los ajenos. No ser ni ratón ni dragón.
Perdón: “ Si permitimos que un mal sentimiento penetre en nuestras entrañas, dejamos lugar a ese rencor que se añeja en el corazón (..) Lo contrario es el perdón, un perdón que se fundamenta en una actitud positiva, que intenta comprender la debilidad ajena y trata de buscarle excusas a la otra persona(..) Pero la tendencia suele ser la de buscar más y más culpas, la de imaginar más y más maldad, la de suponer todo tipo de malas intenciones, y así el rencor va creciendo y se arraiga. (..) El problema es que a veces se le da a todo la misma gravedad, con el riesgo de volverse crueles ante cualquier error ajeno. La justa reivindicación de los propios derechos, se convierte en una persistente y constante sed de venganza más que en una sana defensa de la propia dignidad. Cuando hemos sido ofendidos o desilusionados, el perdón es posible y deseable, pero nadie dice que sea fácil.(..) Exige, en efecto, una pronta y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la reconciliación. (…) Hoy sabemos que para poder perdonar necesitamos pasar por la experiencia liberadora de comprendernos y perdonarnos a nosotros mismos. Tantas veces nuestros errores, o la mirada crítica de las personas que amamos, nos han llevado a perder el cariño hacia nosotros mismos. Eso hace que terminemos guardándonos de los otros, escapando del afecto, llenándonos de temores en las relaciones interpersonales. Entonces, poder culpar a otros se convierte en un falso alivio. Hace falta orar con la propia historia, aceptarse a sí mismo, saber convivir con las propias limitaciones, e incluso perdonarse, para poder tener esa misma actitud con los demás” . ( A.L p 105)

Por tanto ,es crucial aprender a perdonar; a perdonarse a uno mismo (a veces es difícil, por nuestro orgullo) y a perdonar a los demás respecto a sus errores o debilidades, ya que puede ser que tengamos varas de medir diferentes para uno mismo y para los que nos rodean, y ambas cosas pueden hacernos daño. A veces, es difícil no exigirnos demasiado a nosotros mismos o a nuestros semejantes. Tan malo es guardarse rencor, pasarnos la vida fustigándonos, como vivir amargados con lo que otros han podido hacernos.
Todo lo disculpa: “Los esposos que se aman y se pertenecen, hablan bien el uno del otro, intentan mostrar el lado bueno del cónyuge más allá de sus debilidades y errores. En todo caso, guardan silencio para no dañar su imagen. Pero no es sólo un gesto externo, sino que brota de una actitud interna. Tampoco es la ingenuidad de quien pretende no ver las dificultades y los puntos débiles del otro, sino la amplitud de miras de quien coloca esas debilidades y errores en su contexto. Recuerda que esos defectos son sólo una parte, no son la totalidad del ser del otro. Un hecho desagradable en la relación no es la totalidad de esa relación. Entonces, se puede aceptar con sencillez que todos somos una compleja combinación de luces y de sombras. El otro no es sólo eso que a mí me molesta. Es mucho más que eso. Por la misma razón, no le exijo que su amor sea perfecto para valorarlo. Me ama como es y como puede, con sus límites, pero que su amor sea imperfecto no significa que sea falso o que no sea real. Es real, pero limitado y terreno. Por eso, si le exijo demasiado, me lo hará saber de alguna manera, ya que no podrá ni aceptará jugar el papel de un ser divino ni estar al servicio de todas mis necesidades. El amor convive con la imperfección, la disculpa, y sabe guardar silencio ante los límites del ser amado ”. (A.L p 113)

Así pues, esta disculpa no es ingenuidad, ni “aguantoformo” , ni debilidad. Es aceptar que todos somos imperfectos, y que si queremos que el otro nos acepte como somos, con nuestras debilidades y fragilidades, también lo deberemos aplicar en sentido contrario. No podemos, por tanto exigir, lo que no damos. En este sentido creo que nos hemos pasado de rosca; de los matrimonios para siempre, “a toda costa” a los matrimonios o parejas que se rompen muy pero que muy fácilmente.
¿Es fácil ser amable siempre con todos? No. ¿Ser asertivo encontrando ese difícil equilibro entre el amor a uno mismo y a los demás? No. ¿Perdonar una y otra vez, aceptando la imperfección personal y la ajena? No.
No es fácil, pero tampoco imposible. Requiere una cabeza y un corazón grande. Poner esfuerzo y volver a empezar una y otra vez.

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