Ese milagro llamado Amor

Por Sábado, 11, junio, 2016 0 No tags Permalink 0

Hablar del amor no es fácil, o más bien, sí. Hay muchas opiniones y teorías; lo difícil no es hablar de él, sino vivirlo, y hacerlo de un modo concreto y práctico.

El amor es un motor poderoso, el único verdaderamente permanente y que supera toda las adversidades. Hay muchos motores o motivaciones del actuar humano: el dinero, el poder, la ambición, el odio, el placer, el afán de progreso, el servicio, el desarrollo personal y social, la supervivencia, el miedo; y así podemos seguir nombrando tantas y tantas razones, mejores y peores, que mueven a las personas a actuar.

Yo le doy mucha importancia al amor, como suprema motivación de las personas; así lo describo en el quinto capítulo de mi libro Volver a Empezar: Ámate para amar a los otros. Un amor que ha de ser ordenado, pues nadie puede dar lo que no tiene, y que se apoya en saberse don para darse a los otros.

Por ello, no he podido dejar de emocionarme al leer la última exhortación apostólica del Papa Francisco: Amoris Laetitia, la Alegría del Amor. Porque cuando el amor es verdadero, da gozo y alegría, y no puede ser de otro modo. Este documento, escrito por la cabeza de la Iglesia Católica, no vale sólo para los que formamos parte de esa institución, sino que creo que puede ser entendida por todas las mujeres y hombre de buena voluntad.

Voy, en este post y en los dos siguientes, a resaltar algunos de los puntos que más me han gustado, por realistas y prácticos, acerca del amor en el matrimonio y en la familia; ellos están englobados en el capítulo IV de estos documento (puntos 89-140). El mismo se inicia con ese hermoso cántico de S. Pablo, que suele leerse en muchas bodas.

« El amor es paciente,
es servicial;
el amor no tiene envidia,
no hace alarde,
no es arrogante,
no obra con dureza,
no busca su propio interés,
no se irrita,
no lleva cuentas del mal,
no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo disculpa,
todo lo cree,
todo lo espera,
todo lo soporta » (1 Co 13,4-7). (A.L p. 90)
La paciencia:Tener paciencia no es dejar que nos maltraten continuamente, o tolerar agresiones físicas, o permitir que nos traten como objetos. El problema es cuando exigimos que las relaciones sean celestiales o que las personas sean perfectas, o cuando nos colocamos en el centro y esperamos que sólo se cumpla la propia voluntad. Entonces todo nos impacienta, todo nos lleva a reaccionar con agresividad. Si no cultivamos la paciencia, siempre tendremos excusas para responder con ira, y finalmente nos convertiremos en personas que no saben convivir, antisociales, incapaces de postergar los impulsos, y la familia se volverá un campo de batalla”. (A.L p 92)

¿Es fácil vivir de este modo la paciencia? En absoluto. Lo habitual es perder la paciencia, primero con nosotros mismos y luego con tantos aspectos de los otros que no nos gustan, que nos ponen nerviosos, que nos irritan. Tendemos a juzgar y a pensar que nuestro modo de ser o nuestra visión es mejor. La paciencia es compatible, más bien exige el respeto a uno mismo para darlo al otro; el amor a uno mismo, para donarse al otro.
Sanando la envidia:Significa que en el amor no hay lugar para sentir malestar por el bien de otro (cf. Hch 7,9; 17,5). La envidia es una tristeza por el bien ajeno, que muestra que no nos interesa la felicidad de los demás, ya que estamos exclusivamente concentrados en el propio bienestar. Mientras el amor nos hace salir de nosotros mismos, la envidia nos lleva a centrarnos en el propio yo. El verdadero amor valora los logros ajenos, no los siente como una amenaza, y se libera del sabor amargo de la envidia. Acepta que cada uno tiene dones diferentes y distintos caminos en la vida. Entonces, procura descubrir su propio camino para ser feliz, dejando que los demás encuentren el suyo”. (A.L p 95)

¡Qué triste y destructiva es la envidia! No solo para el que la recibe, sino, sobre todo, para quien la practica. ¿Y por qué esta actitud? ¿Porqué es tan corriente? Porque deseamos lo que no tenemos, lo cual, si nos llevara a mejorar, no sería malo, pero especialmente porque nos entristecemos ante el bien ajeno. Cuando uno quiere a sus semejantes, cuando los respeta, se alegra de sus triunfos y de sus éxitos, en la mayoría de los casos fruto de su esfuerzo. ¡Qué fácil es justificar nuestra mediocridad alegando que los otros han conseguido sus cosas con trampas y malas artes!
Sin hacer alarde ni agrandarse: “Indica la vanagloria, el ansia de mostrarse como superior para impresionar a otros con una actitud pedante y algo agresiva. Quien ama, no sólo evita hablar demasiado de sí mismo, sino que además, porque está centrado en los demás, sabe ubicarse en su lugar sin pretender ser el centro. (…) Literalmente expresa que no se «agranda» ante los demás, e indica algo más sutil. No es sólo una obsesión por mostrar las propias cualidades, sino que además se pierde el sentido de la realidad.(…) Es decir, algunos se creen grandes porque saben más que los demás, y se dedican a exigirles y a controlarlos, cuando en realidad lo que nos hace grandes es el amor que comprende, cuida, protege al débil. (..). La actitud de humildad aparece aquí como algo que es parte del amor, porque para poder comprender, disculpar o servir a los demás de corazón, es indispensable sanar el orgullo y cultivar la humildad ” . (A.L p 97)

De nuevo, la tan denostada humildad. La verdadera humildad no es la virtud de los débiles, sino de los fuertes, de aquellos que, amándose a sí mismos, se consideran DON y, por tanto, saben que casi todo es recibido. ¿Me he dado yo la inteligencia, la belleza, la salud, la simpatía? Casi todo lo que tenemos es recibido, aunque precisa de desarrollo y debamos hacerlo fructificar; las oportunidades o la buena suerte las consigo con esfuerzo, pero seguramente también con la ayuda de los demás. La humildad me lleva al conocimiento propio, a aceptar las limitaciones e incluso los defectos, no para pactar con ellos, sino para superarlos y también para conocer y comprender la debilidad de las personas que nos rodean, sean ellos nuestra pareja, la familia, amigos o compañeros de trabajo. ¿Por qué somos a veces tan permisivos con nuestras imperfecciones y tan intransigentes con las del otro?
Creo que son puntos importantes en la convivencia familiar, matrimonial o de pareja, y por ello considero necesario transcribir estos puntos y comentarlos para la reflexión personal de cada lector. Seguiremos comentando este documento en los siguientes post.

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