En memoria de una gran mujer llamada Rita Otero

Por Lunes, 12, diciembre, 2016 0 No tags Permalink 0

No es la primera vez que hablo de mi abuela Rita Otero; lo hice en el prólogo de mi libro Volver a Empezar y cada vez que hacía una presentación en las distintas ciudades que visitaba, al explicar porque usaba el nombre literario de Rita Balboa.

El pasado día 3 de diciembre celebramos el 60º aniversario de su muerte; con ese motivo, nos reunimos una pequeña parte de esta extensa familia que somos los Regojos en un pueblo gallego llamado Redondela, de donde era originaria y a la que por amor trajo al que sería su marido: José Regojo. Allí mi abuelo construyó su casa familiar y sus empresas textiles; y allí nació, vivió intensamente y murió mi abuela Rita Otero.

Es muy llamativo comprobar como habiendo solo conocido a Pepe, el primero de sus cuarenta seis nietos, y habiéndonos dejado fisicamente hace ya seis décadas, su figura y recuerdo no sea algo lejano o remoto sino que sigue muy presente entre nosotros.

Eso me ha hecho siempre pensar en la verdadera grandeza de las personas; algunas parecen estrellas fulgurantes mientras viven, pero cuando se van desaparecen sin dejar rastro. Otras, tal vez, no sean tan brillantes ni llamativas en vida, pero con el tiempo su estela se va haciendo cada vez más luminosa y profunda.

Yo nací a los diez años de su fallecimiento, pero desde que tengo uso de razón, la recuerdo como una figura muy presente en nuestra familia. Somos muchos primos y hemos sido muy felices conviviendo en el pazo familiar, por eso no era extraño que fuéramos a comer los domingos y que antes, fuéramos con el abuelo Pepe a misa y después, siempre al cementerio. Lo acompañábamos varios nietos y él se recogía frente a la lápida de la abuela y rezábamos juntos una avemaría u otra oración.

A mi me sorprendía siempre que mi abuelo, que era tan alto, fuerte y con un gran vozarrón, parecía encogido en ese momento, como abatido, débil. Ahora comprendo, con el paso de los años, que era solo el eco de ese dolor que, con su muerte, quebró como un árbol partido por un rayo la existencia de mi abuelo.

Mi padre recordaba el otro día en la tertulia, tras la comida familiar, que durante la enfermedad de mi abuela Rita, mi abuelo estaba como loco, como un animal enjaulado, herido, luchando con todo y todos para salvarla, acudiendo a médicos y tratamientos, pero en el año 56 un cáncer no era fácilmente curable; abandonó la fabrica y sólo estaba cerca de ella hasta que el final fue inevitable.

La abuela llamó a cada uno de sus siete hijos y les dio un mensaje personal; ella era una mujer de tremenda Fe y Esperanza y no tenía miedo a la muerte, por eso mantuvo esa serenidad y paz interior hasta el último momento.

Después mi abuelo convocó a sus tres hijos varones: mi tío Juan Angel, que falleció el año pasado dejándonos un tremendo vacío, mi tío Recho y mi padre, que acababa de cumplir diecisiete años; les dijo que no había trabajo para la fabrica y que tenían que salir y conseguir ventas para tres meses. Así lo hicieron, de luto, salieron los tres jóvenes por España adelante en tren o en coche a vender; antes de nochebuena habían conseguido los objetivos y estaban de vuelta en casa para pasar, tal vez, las navidades más tristes de su vida.

Ese era mi abuelo Pepe, un hombrón alto y fuerte que andaba dando grandes pasos con sus botas; un hombre hecho a si mismo que comenzó su andadura profesional con catorce años vendiendo encajes con su padre desde Fermoselle, un pequeño pueblo de Zamora, y que tras la filoxera que arrasó las vides se fue con sus hermanos a Lisboa, donde inició un negocio textil que luego se haría un imperio tras la postguerra. El hombre intuitivo y de gran talante comercial que se enamoró de mi abuela Rita cuando la conoció en Lisboa, mientras ella acompañaba a su hermano Alejandro Otero, rector de la Universidad de Granada. Un amor que supo superar barreras de educación y clase social, pues mi bisabuelo Juan Otero era el médico del pueblo y pertenecía a una familia de intelectuales.

¡Qué orgullo de abuelos tengo! Mi abuela Rita que supo trascender las apariencias sociales y llegar a adivinar en su futuro marido al hombre grande que llegó a ser; Mi abuelo Pepe que, de la nada, dio trabajo a muchas personas y emprendió hasta el final de su vida innumerables negocios.

Hay varios libros escritos sobre mi abuela Rita, mi preferido, el escrito por mi prima Gracia Regojo Bacardí: Paseando El Recuerdo. En el, se cuentan numerosas y hermosas anécdotas de su vida. Su amor desinteresado a los más necesitados en aquellos años de hambre tras la guerra civil, a los presos políticos republicanos cuales quedaron cautivos en la Isla de San Simón, su entrega constante a sus hijos y a algunos sobrinos que quedaron pronto huérfanos y que cuidó como una madre.

Hay dos anécdotas que me gustan especialmente de ella y que muestran su grandeza de espíritu y que he oído varias veces de labios de mi madrina y tia Teté con la que he convivido más de diez años en Lisboa.

Una es su recuerdo de que los jueves lo dedicaba a los más necesitados y por el pazo aparecían cientos de personas a las que dedicaba un tiempo a cada una, unas palabras además de una limosna. Una vez llegó un hombre muy sucio y desastrado y ella le lavó los pies y le calzó unas botas nuevas. Me admira de mi abuela Rita esa capacidad no solo de darse a los otros sino de hacerlo con tanto amor y tratando a cada persona de un modo especial.

La segunda historia es una mezcla de comedia y ternura; mi abuelo que iba progresando socialmente quería que mi abuela se comprara una abrigo de pieles y le dio un dinero para que lo encargara en una peletería. Él le iba preguntando por un abrigo que nunca llegaba, mientras ella iba sacando del sobre dinero para ayudar a unos y otros hasta que este se quedó vacío. El problema luego era explicarle que había pasado con el abrigo; vino en su ayuda su querida prima y confidente Ernestina Otero que explico a mi abuelo el destino del dinero sin que levantara en cólera y a la que dio de nuevo dinero para que se encargara personalmente de que mi abuela se comprara ese abrigo.

¡Qué hermoso es tener modelos tan maravillosos que seguir! en este tiempo de adviento lleno de esperanza, elevo una oración y un deseo al cielo, parecerme aunque sea muy remotamente a tan gran mujer. Abuela Rita, ayúdame!

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